martes, 22 de diciembre de 2009

La maldición de la hechicera

...Y el viejo errante, que quiso despojar a la mujer, intentó amedrentarla con viejos sofismas que escuchó durante uno de sus viajes sin destino.

--No has trascendido ni has visitado los lugares que, ya, he abandonado; allá, las mujeres son libres y mil veces más bellas que tú.

Con despreció arrojó lodo al aire; esperaba que la joven retrocedierá, pero ni siquiera se movió. El pobre viejo se rio a carcajadas; no sabía medir el poder de sus víctimas, siempre viajó protegido por sus lacayos: todos habían muerto por él.

La hechicera descubrió, entonces, su cabeza; sus ojos se tornaron grises como la tempestad. Una ráfaga de viento sacudió su vestido, mientras ella asestó el dedo índice de la mano izquierda in senem. El viento, que había sido una brisa en el vestido, era perturbador y paralizante seni. Y pronunció claro y fuerte:

"Te odio y te maldigo.
Has de vivir veinte mil días:
uno idéntico al otro.
Una ninfa te sacará los ojos,
no tendrás más párpados.

La muerte,
de la que huyes
y a la que odias;
en pago, te regalará
ojos que ven verdad.

Tu corazón
de madera podrida
no resistirá el dolor
y se hará polvo,
pero no morirás.

La misma muerte,
por lastima,
te fabricará otro
con carne y sangre.

Amarás la vida;
amarás al mundo;
tu nuevo corazón
latirá con tanta fuerza
que sabrás
lo que es sentirse vivo.

Entonces MORIRÁS,
morirás lento,
muy lento,
tan lento
que envidiarás
la muerte de tus enemigos
y la de tus lacayos"

Ella seguía sin moverse; pero el viejo, que no tenía más años que los del penúltimo profeta al dar su vida, tembló de miedo, tomó sus cosas y corrió lejos, muy lejos hasta que desapareció.

La hechicera dejó de ver al horizonte y siguió su camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario