Subí grandes escalones
para avisar de mis planes
y obtener permiso.
Me dijeron: no vayas;
contesté que tenía que ir
y así lo hice.
Caminé un trecho;
busqué el lugar indicado
y me encontré con él.
Me entregó el libro,
uno grande de pastas gruesas,
y con una seña agradecí y me despedí.
Di la vuelta;
camine un par de metros,
y escuché pasos tras de mí.
Sentí un golpe,
mucho dolor en el lado izquierdo
y humedad escarlata en el corazón.
No había nada que hacer;
todo estaba pérdido;
seguí caminando.
No creí resistir,
pero daba un paso tras otro
sin detenerme.
Quise terminar de pie;
todo duraba demasiado,
entonces busqué mi reflejo en una ventana:
No había más que una cicatriz;
no la toqué;
sólo pensé en qué hacer...
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