Mírame la piel,
y podrás decir que no pertenezco aquí.
Mírame el rostro,
y podrás decir que odias a mi pueblo.
Mírame las manos,
y podrás decir que represento al mal.
Mírame el cabello,
y podrás decir que mis abuelos pecaron.
Mírame los pies,
y podrás decir que los reconoces esclavos.
Pero no hables sin mirarme,
ni me mires sin hablarme,
porque tus ojos gritan hostilidad,
y tus palabras delatan escrutinio.
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