Si bien hemos reconocido la heterogeneidad del mundo, nos hemos negado a reconocer la heterogeneidad del individuo. Tememos confundirnos con el “Otro”, aquél óptimo o pésimo. Pero, al vernos en sus ojos, sabemos que somos el “Otro” de ese “Otro”. Somos la realidad del “Otro”; el “Uno” es una fantasía.
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