El dinamismo y la diversidad del mundo son innegables, ya que se hacen patentes en el acontecer cotidiano. Esto ha sido reconocido desde la antigüedad griega, pues Heráclito señalaba que “en el mismo río no es posible bañarse dos veces” o que “En el mismo río dos veces nos bañamos y no nos bañamos” . Estos aforismos señalan la naturaleza cambiante del río, en tanto que es un flujo de agua, de ahí que sumergirnos en él sea una experiencia nueva cada vez que lo hagamos. El individuo también cambia, deja de ser niños y empieza a ser adulto, es decir, deja de ser pero sigue siendo. Ante este aparente sin sentido, ser y no ser, el oráculo de Delfos decretó “Conócete a ti mismo”.
Este ensayo tiene por objetivo general demostrar que el conocimiento del “Otro” es requisito indispensable para lograr el autoconocimiento completo. Asimismo tiene por objetivo específico demostrar que la reciprocidad es una condición indispensable para toda experiencia generadora de sentido que surja a partir del contacto con el “Otro”.
En primer lugar, se expondrá la distinción entre dogma y sentido, luego de establecer la naturaleza dialógica del sentido, se expondrá la incompletud del autoconocimiento y su posible solución a partir de enfrentar al “Otro”. Adicionalmente la reciprocidad se justificará como condición para lograr la completud del autoconocimiento a la luz de la dignidad humana. Finalmente se demostrará que si queremos conocernos a nosotros mismos lo suficiente como para encontrar sentido en el mundo, entonces nuestra experiencia con el “Otro” debe llevarse a cabo en condiciones recíprocas.
Si un dogma es una creencia injustificada que se autoproclama como infalible, no puede servir de fundamento en un mundo, donde lo único que no cambia es el cambio. Esta afirmación no pretende ser anarquista ni escéptica, por el contrario, si se pone en duda la confiabilidad del dogma como dador de sentido, no implica que se cuestione la existencia del sentido, de hecho, se asume la existencia y posibilidad del sentido.
Ahora bien, el sentido es aquello que con lo que podemos responder las preguntas: quién, por qué y para qué. Estas preguntas están sujetas a lugares y fechas, pues, salvo planteamientos metafísicos, no se piensan en términos absolutos. A diferencia del dogma, el sentido cambia con el mundo, para poder decir que hemos encontrado el sentido debemos ser capaces de dar razones de ello, entre las cuales no son del todo satisfactorias las que se basan en argumentos como “porque así se ha hecho siempre”, “para hacer lo contrario de lo que hacen los demás” o “sólo hay una forma correcta y válida para vivir”. El sentido no es algo dado una vez y para siempre.
El sentido debe construirse como un rompecabezas tridimensional, ya que no basta con poseer las piezas, debemos, además, saber el lugar que le corresponde a cada una para formar un todo coherente. Cada uno tiene piezas del rompecabezas, pero éstas no son suficientes, debemos, entonces, aventurarnos en el mundo y entrar en contacto con el “Otro”, para tener piezas significativas en nuestro rompecabezas y quizás alguna intuición de cómo armarlo.
Parece que esto es muy complicado, pues estamos hablando de “un llegar a ser que supone el haber recorrido sendas agrestes y también caminos más suaves de las llanuras y los valles” . Sin embargo, sólo si salimos del sedentarismo, podremos conocernos a nosotros mismos por completo. Y es cierto, no es sencillo, ya que el “Otro” es “un enigma, una incógnita, más aún: un misterio” , que debemos develar hasta descubrir al ser humano, que hemos llamado “Otro”, con quien podremos, entonces, intercambiar ideas e incluso establecer un diálogo enriquecedor para ambos . Este ensayo responderá a la búsqueda de sentido en función del grado de dificultad, sino en función del grado de completud y reciprocidad del proceso de búsqueda de sentido.
Conocer al “Otro” apela directamente a la voluntad humana, puesto que es más cómodo permanecer en lugares conocidos con gente conocida y que creemos igual a nosotros, pero enfrentar un lugar distinto, con costumbres nuevas para nosotros, donde perdemos poder de predictibilidad es todo un reto de adaptación y sobretodo de intelección. Una situación como la antes descrita cuestiona directamente nuestras creencias, “lo dado”, y nos muestra la diversidad del mundo. Abre nuestro panorama y nos permite ver que la forma en que vivimos es sólo una posibilidad entre tantas como seamos capaces de conocer. Si vemos el mundo de esa manera, “lo dado” pierde ese revestimiento dogmático de infalibilidad y exclusividad, entonces el sentido apoyado en él, no sólo debe ser cuestionado sino completado. Si antes nos conocíamos como seres inmersos en una comunidad homogénea, ahora debemos conocernos en tanto seres que interactúan en un mundo heterogéneo. Debemos preguntar quién, por qué y para qué.
Pero esta vez, no nos serán dadas las respuestas, ni podremos fabricarlas ad hoc, debemos “arrancarnos de las ataduras del egoísmo y la indiferencia, guardarnos de la tentación de separarnos, de aislarnos, encerrarnos en nosotros mismos” , y conocer al otro mediante el diálogo entre iguales, asumiendo que la dignidad humana es un valor universal.
Si para conocernos necesitamos dialogar con el “Otro”, éste no puede ser un mero objeto de estudio o un ideal trazado en la imaginación, como lo es en “Nuestra Señora de Nequetejé” ,sino que tiene que ser asumido como un ser humano también. Sólo si reconocemos la dignidad humana de los “Otros” lograremos acercarnos de forma exitosa.
Ahora bien, debemos asumir y aceptar que nosotros también representamos una forma nueva de vivir para aquéllos que llamamos “Otros”, por lo que este término es intercambiable. Imaginemos que entre nosotros y los “Otros” hay un espejo en el que nos reflejamos. Esto resulta cómodo, pues sabemos bien que hay un límite entre ellos y nosotros. Ahora imaginemos que ese espejo es, en realidad, una puerta de cristal que puede abrirse desde ambos lados, eso nos obliga a interactuar con el “Otro”. Pero si la puerta se abre a ambos lados, cómo sabemos cuál es el lado de los “Otros” y cuál, el lado de los “Unos”. Caemos, entonces, en cuenta de que esas distinciones son intercambiables, es decir, son denominaciones deícticas, como locutor e interlocutor, tú y yo, o aquí y allá, cambian de acuerdo con el discurrir del diálogo.
El sentido del mundo es un enigma que la humanidad se ha planteado a sí misma y que por sí misma ha de descubrir. Sólo si nos acercamos y estamos dispuestos a que se nos acerquen, estaremos actuando de forma recíproca, y tendremos un diálogo entre personas, de no darse la reciprocidad, sólo seremos locos hablándole a un muñeco de cera que creemos poseedor de los misterios del mundo.
Saber actuar en el mundo no es algo místico como un oráculo. Saber actuar en el mundo es conocernos a nosotros mismos. Conocer a otro ser humano y reconocerlo con dignidad humana es necesario para completar nuestro propio autoconocimiento. No podemos conocer por completo al mundo, pero si a nosotros mismos. Entonces, podemos responder quién, por qué y para qué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario