Mil doscientos años de edad y vivo en una casa ataúd. En fin, esta época me gusta, la luz azul no es tan molesta como la dañina luz solar. Nunca pasé más frío que aquí en Amecameca, no tienen aire acondicionado, sino solo unas cocinas de humo nada prácticas, a parte no me gusta el fuego, me recuerda la última vez que me quisieron linchar con antorchas. Hasta el momento, nadie sospecha de mí, no soy más que el velador del taller mecánico que come las sobras de comida que arrojan a los perros, ni siquiera ha sido sospechoso el aumento de senderistas perdidos. Hasta he salido temprano en días nublados para comprar atole y tamales que efectivamente doy a los perros.
Aunque, soy joven, esto de la soledad me está pegando, es verdad que yo maté a mi familia cuando me convertí, por eso hui y empecé a viajar por el país. Ahora me gustaría tener mi propia familia. He tenido novias, pero nada serio, después de la primera cita chupé toda su sangre hasta hacerlas desfallecer. Pero ahora con Carmen es diferente, ella me quiere, me comprende y me apoya. Hoy en la noche voy a pedirle matrimonio, a revelarle quién soy. Le ofreceré la vida eterna, es verdad que ya no podrá salir a vender tamales a medio día cuando la gente sale de misa, pero para qué necesitamos dinero. Con mi sueldo es más que suficiente, además, de algunos recuerditos que tomemos de los senderistas, claro está.
Estoy nervioso, aunque no debería preocuparme, ¿quién rechazaría la vida eterna? Alguien tonto, supongo. Carmen es muy inteligente, ha empezado a sospechar y hacerme preguntas. No pasa nada, se ve tan interesada y es más cariñosa cada vez. Debo arreglarme para acudir a mi cita con ella en el cementerio de la iglesia, acaso ¿no es romántico el lugar que eligió para nuestro encuentro? Justo a medianoche durante la misa de San Lucas. Estará todo el pueblo reunido para cantarle las mañanitas y nadie nos verá, ¿a poco no es lista?
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