jueves, 1 de agosto de 2024

Era un amanecer que teñía de rojo el interior del lago

Era un amanecer que teñía de rojo el interior del lago, Miguel entró de un salto al agua, solo quedó flotando la última lata de cerveza que bebió. Se había internado en el monte desde el atardecer. Las nereidas guardaron silencio tras escuchar el chapuzón. Un cardumen de peces se desvaneció antes de que la arena se asentara indicando el paso del tiempo. 

Miguel salió por el frío. Fue a buscar su mochila, irónicamente, solo tuvo que seguir el rastro de basura que había dejado a su paso. Poco a poco el agua escurrió de su cuerpo, más rápido de lo que se imaginó estaba seco, le costaba trabajo caminar, supuso que era el cansancio y la cruda, sin embargo, apenas podía despegar los pies del piso, tropezó, cayó, y se quedó dormido. 

Soñó que nadaba en las profundidades de las aguas, soñó que se atoraba entre las algas mientras las nereidas reían, no podía mover brazos ni piernas, tampoco respirar y el instinto de supervivencia lo despertó. Ya era de día, se encontraba de pie. No recordaba haberse detenido en la belleza del paisaje, tampoco recordaba haberse levantado. Intentó caminar. Descubrió que no tenía pies, ni piernas. Era un tronco con ramas, sus ojos, dos aves que volaron y pudieron observar a los talamontes acercándose para llevarse un nuevo cargamento de madera. Las dríadas temblaron y gritaron al viento.


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