sábado, 20 de noviembre de 2010

Querido verdugo, mi celador, mi pastor, mi demonio

Sabes, creía yo que tu esbirro era mi aliado, qué ingenua fui.
Pero, eras tú, quien lo envió, quién le ordeno ser mi celador
y mi torturador. No sé aún porque nunca ejecutó del todo sus órdenes,
he pensado que fue ambición o intento egoísta de placer.

Ahora creo evidente que me perdonaste la vida y quizás incluso la protegiste,
en esa ocasión y tal vez sólo por un par de veces más, te caí en gracia,
y no sólo como la posibilidad de existencia,te vi torturar a más de uno,
sino como realización de aquel proyecto, el que pareciamos compartir.

Además me permitiste acceder a la manzana del conocimento,
la que colgaba del árbol favorito de tu jardín de ciervos y siervos,
la misma que el espía con piel de lana trataba de alcanzar colgando de la ventana,
no sé si fue treta o dádiva romántica, como dijiste alguna vez
mientras jugabas con ella antes de ofrecerla, pues tú decías no comer.

Dicen que eras demonio, y yo, ahora después de haber sabido
de monstruos, brujas y caníbales y demonios,ya también lo digo.

Extrañamente, la certeza de tu naturaleza demoniaca es la clave
de mi reconociento, aunque no te creo capaz de amar,
aunque no te creo conocedor del amor o del cómo amar,
te agradezco por tu omisión, espera y aun por el fallo de una emboscada.

Y aunque la muerte puso fin a la sospecha de acecho,tu recuerdo
sigue cambiente y mentiroso. Lamento mucho no haber estado en el fin,
aun si se trataba del tuyo, mi caníbal, tú me advertiste
de la intensidad de tu pasión y del tormento de tu pasividad,
así como del peligro de las fieras heridas o moribundas.

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