Somos seres humanos y vivimos juntos. Esto es un hecho práctico e incuestionable, pero ¿qué es lo que nos hace humanos? y ¿cómo es posible una sociedad justa? Las peores respuestas a estas preguntas son el autoritarismo y el fanatismo, porque en ambas la racionalidad individual declina mecánicamente a favor o en contra de una convención social muy cercana al dogmatismo. Buscar un fundamento o principio no es dogmatismo; en cambio, creer, sin más razón que la autoridad o la costumbre, en un dogma es negar la racionalidad en todo ser humano.
Cabe preguntar, entonces, por qué es tan importante la racionalidad y si ésta es realmente aplicable a la organización social. La racionalidad adquiere importancia al permitirnos la organización del mundo; además, nos distingue de los animales que sólo cuentan con la sensibilidad y el instinto, así como de lo divino que conoce todo sin necesidad de lo empírico, es decir, la racionalidad une nuestras percepciones del mundo con nuestras ideas más abstractas y esa unión se convierte en conocimiento aplicable a nuestra acción. De ahí que, la racionalidad sea la característica intrínseca a todo ser humano que constituye su particular naturaleza intermedia entre el animal y lo divino. El ser humano cuenta con la sensibilidad para percibir el mundo y con el intelecto para ordenar y comprender aquello que percibe. Según asume Kant:
No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues, ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento la capacidad del entendimiento para comparar estas representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia bruta de las impresiones sensible con vistas a un conocimiento de los objetos denominado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento empieza en ella.
De ahí, que para Kant todo conocimiento, es decir, todo axioma de conducta para que la ciencia humana avance debe partir de la síntesis entre las intuiciones espacio-temporales y los conceptos que ordenan dichas intuiciones. Esto es aplicable a las ciencias, pero también al ámbito de la moral. La diferencia es que en el primer caso se trata de conocimiento teórico, mientras que en el segundo caso se trata de conocimiento práctico. Esta distinción es muy importante, pues sin ella se estaría reduciendo el actuar humano a la racionalidad desprovista de las condiciones del momento histórico que envuelve a todo ser humano. Kant cuestiona “si la razón pura por sí sola basta para la determinación de la voluntad o si, sólo como empíricamente condicionada, puede ser ella un fundamento de determinación de la voluntad” , es decir, si es posible la libertad fundada en un principio racional o si estamos determinados por nuestro ambiente.
Es necesario aclarar en qué sentido se puede ser libre siguiendo un principio racional y cuál es ese principio. La libertad, de acuerdo con Kant, se basa en la autodeterminación del individuo, que se da cuando éste se asume como ser racional autónomo. Pues, si sólo sigue las convenciones de la sociedad por la autoridad o la costumbre, no es libre; en cambio, si actúa por la ley moral y no sólo conforme a ella, será libre. Un ejemplo del actuar sólo conforme a la convención social es el cuento “El orgasmógrafo” , pues en él se muestra la caducidad y falibilidad de las reglas sociales.
Un individuo que sólo obedece y actúa conforme a la ley es fácilmente sometible al autoritarismo, ya que niega su racionalidad y cede toda decisión a una autoridad, que debe ser confiable, pero no puede ser infalible. La rebeldía y el no primitivo no son actitudes que eviten el autoritarismo. Entonces, ¿cómo actuar? y ¿en qué fundamentar nuestro actuar? Kant propone la ley fundamental de la razón pura práctica: “Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal” .
Seguir la ley fundamental de la razón pura práctica no es algo que la sociedad pueda imponer, pues sólo el individuo puede autorregularse y ser libre, en tanto que no se somete más que a sí mismo. Por ello es importante reservar un espacio propio para el ser humano como individuo, pues “si tomamos en cuenta que el mundo moderno se abrió paso distinguiendo las esferas de la acción humana […] que antes se encontraban mezcladas, podemos decir que cualquier intento de confusión entre esas esferas va en contra del proyecto civilizatorio de la modernidad” . Mientras que el reconocimiento de la individualidad prepara las condiciones necesarias para alcanzar los ideales del Iluminismo: la libertad y la justicia.
La convivencia entre individuos libres es la condición indispensable para una sociedad justa, pues sólo un ser racional y libre podrá reconocer y respetar a Otro con base en la dignidad humana que es intrínseca a toda persona. Y entonces, podrá darse un diálogo continuo y permanente que permitirá a la humanidad enfrentar y superar todo dilema que se le presente condicionado por el tiempo y el espacio.
Así que la racionalidad es el valor intrínseco de todo individuo que le confiere dignidad humana; pues lo hace libre y posibilita sociedades justas en cualquier momento histórico o geográfico, así como el avance de estas sociedades y de estos individuos hacia un ideal de humanidad.
Bibliografía
Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura, pról., trad., notas e índices de Pedro Ribas, Taurus, México,2006.
——— Crítica de la razón práctica, en Fundamentación de la metafísica de las costumbres,…, La paz perpetua, Porrúa, México, 2007 (Sepan cuantos…, 212).
——— Fundamentación de la metafísica de las costumbres, en …, Crítica de la razón práctica, La paz perpetua, Porrúa, México,2007 (Sepan cuantos…, 212).
Santillán, José Fernández, “Sociedad civil y derechos humanos”, en Letras Libres, febrero 2001, pp. 12-14.
Serna, Enrique, “El orgasmógrafo”, en El orgasmógrafo, Plaza y Janes, México, 2001, pp. 75-126.
sábado, 18 de septiembre de 2010
La reciprocidad y el sentido
El dinamismo y la diversidad del mundo son innegables, ya que se hacen patentes en el acontecer cotidiano. Esto ha sido reconocido desde la antigüedad griega, pues Heráclito señalaba que “en el mismo río no es posible bañarse dos veces” o que “En el mismo río dos veces nos bañamos y no nos bañamos” . Estos aforismos señalan la naturaleza cambiante del río, en tanto que es un flujo de agua, de ahí que sumergirnos en él sea una experiencia nueva cada vez que lo hagamos. El individuo también cambia, deja de ser niños y empieza a ser adulto, es decir, deja de ser pero sigue siendo. Ante este aparente sin sentido, ser y no ser, el oráculo de Delfos decretó “Conócete a ti mismo”.
Este ensayo tiene por objetivo general demostrar que el conocimiento del “Otro” es requisito indispensable para lograr el autoconocimiento completo. Asimismo tiene por objetivo específico demostrar que la reciprocidad es una condición indispensable para toda experiencia generadora de sentido que surja a partir del contacto con el “Otro”.
En primer lugar, se expondrá la distinción entre dogma y sentido, luego de establecer la naturaleza dialógica del sentido, se expondrá la incompletud del autoconocimiento y su posible solución a partir de enfrentar al “Otro”. Adicionalmente la reciprocidad se justificará como condición para lograr la completud del autoconocimiento a la luz de la dignidad humana. Finalmente se demostrará que si queremos conocernos a nosotros mismos lo suficiente como para encontrar sentido en el mundo, entonces nuestra experiencia con el “Otro” debe llevarse a cabo en condiciones recíprocas.
Si un dogma es una creencia injustificada que se autoproclama como infalible, no puede servir de fundamento en un mundo, donde lo único que no cambia es el cambio. Esta afirmación no pretende ser anarquista ni escéptica, por el contrario, si se pone en duda la confiabilidad del dogma como dador de sentido, no implica que se cuestione la existencia del sentido, de hecho, se asume la existencia y posibilidad del sentido.
Ahora bien, el sentido es aquello que con lo que podemos responder las preguntas: quién, por qué y para qué. Estas preguntas están sujetas a lugares y fechas, pues, salvo planteamientos metafísicos, no se piensan en términos absolutos. A diferencia del dogma, el sentido cambia con el mundo, para poder decir que hemos encontrado el sentido debemos ser capaces de dar razones de ello, entre las cuales no son del todo satisfactorias las que se basan en argumentos como “porque así se ha hecho siempre”, “para hacer lo contrario de lo que hacen los demás” o “sólo hay una forma correcta y válida para vivir”. El sentido no es algo dado una vez y para siempre.
El sentido debe construirse como un rompecabezas tridimensional, ya que no basta con poseer las piezas, debemos, además, saber el lugar que le corresponde a cada una para formar un todo coherente. Cada uno tiene piezas del rompecabezas, pero éstas no son suficientes, debemos, entonces, aventurarnos en el mundo y entrar en contacto con el “Otro”, para tener piezas significativas en nuestro rompecabezas y quizás alguna intuición de cómo armarlo.
Parece que esto es muy complicado, pues estamos hablando de “un llegar a ser que supone el haber recorrido sendas agrestes y también caminos más suaves de las llanuras y los valles” . Sin embargo, sólo si salimos del sedentarismo, podremos conocernos a nosotros mismos por completo. Y es cierto, no es sencillo, ya que el “Otro” es “un enigma, una incógnita, más aún: un misterio” , que debemos develar hasta descubrir al ser humano, que hemos llamado “Otro”, con quien podremos, entonces, intercambiar ideas e incluso establecer un diálogo enriquecedor para ambos . Este ensayo responderá a la búsqueda de sentido en función del grado de dificultad, sino en función del grado de completud y reciprocidad del proceso de búsqueda de sentido.
Conocer al “Otro” apela directamente a la voluntad humana, puesto que es más cómodo permanecer en lugares conocidos con gente conocida y que creemos igual a nosotros, pero enfrentar un lugar distinto, con costumbres nuevas para nosotros, donde perdemos poder de predictibilidad es todo un reto de adaptación y sobretodo de intelección. Una situación como la antes descrita cuestiona directamente nuestras creencias, “lo dado”, y nos muestra la diversidad del mundo. Abre nuestro panorama y nos permite ver que la forma en que vivimos es sólo una posibilidad entre tantas como seamos capaces de conocer. Si vemos el mundo de esa manera, “lo dado” pierde ese revestimiento dogmático de infalibilidad y exclusividad, entonces el sentido apoyado en él, no sólo debe ser cuestionado sino completado. Si antes nos conocíamos como seres inmersos en una comunidad homogénea, ahora debemos conocernos en tanto seres que interactúan en un mundo heterogéneo. Debemos preguntar quién, por qué y para qué.
Pero esta vez, no nos serán dadas las respuestas, ni podremos fabricarlas ad hoc, debemos “arrancarnos de las ataduras del egoísmo y la indiferencia, guardarnos de la tentación de separarnos, de aislarnos, encerrarnos en nosotros mismos” , y conocer al otro mediante el diálogo entre iguales, asumiendo que la dignidad humana es un valor universal.
Si para conocernos necesitamos dialogar con el “Otro”, éste no puede ser un mero objeto de estudio o un ideal trazado en la imaginación, como lo es en “Nuestra Señora de Nequetejé” ,sino que tiene que ser asumido como un ser humano también. Sólo si reconocemos la dignidad humana de los “Otros” lograremos acercarnos de forma exitosa.
Ahora bien, debemos asumir y aceptar que nosotros también representamos una forma nueva de vivir para aquéllos que llamamos “Otros”, por lo que este término es intercambiable. Imaginemos que entre nosotros y los “Otros” hay un espejo en el que nos reflejamos. Esto resulta cómodo, pues sabemos bien que hay un límite entre ellos y nosotros. Ahora imaginemos que ese espejo es, en realidad, una puerta de cristal que puede abrirse desde ambos lados, eso nos obliga a interactuar con el “Otro”. Pero si la puerta se abre a ambos lados, cómo sabemos cuál es el lado de los “Otros” y cuál, el lado de los “Unos”. Caemos, entonces, en cuenta de que esas distinciones son intercambiables, es decir, son denominaciones deícticas, como locutor e interlocutor, tú y yo, o aquí y allá, cambian de acuerdo con el discurrir del diálogo.
El sentido del mundo es un enigma que la humanidad se ha planteado a sí misma y que por sí misma ha de descubrir. Sólo si nos acercamos y estamos dispuestos a que se nos acerquen, estaremos actuando de forma recíproca, y tendremos un diálogo entre personas, de no darse la reciprocidad, sólo seremos locos hablándole a un muñeco de cera que creemos poseedor de los misterios del mundo.
Saber actuar en el mundo no es algo místico como un oráculo. Saber actuar en el mundo es conocernos a nosotros mismos. Conocer a otro ser humano y reconocerlo con dignidad humana es necesario para completar nuestro propio autoconocimiento. No podemos conocer por completo al mundo, pero si a nosotros mismos. Entonces, podemos responder quién, por qué y para qué.
Este ensayo tiene por objetivo general demostrar que el conocimiento del “Otro” es requisito indispensable para lograr el autoconocimiento completo. Asimismo tiene por objetivo específico demostrar que la reciprocidad es una condición indispensable para toda experiencia generadora de sentido que surja a partir del contacto con el “Otro”.
En primer lugar, se expondrá la distinción entre dogma y sentido, luego de establecer la naturaleza dialógica del sentido, se expondrá la incompletud del autoconocimiento y su posible solución a partir de enfrentar al “Otro”. Adicionalmente la reciprocidad se justificará como condición para lograr la completud del autoconocimiento a la luz de la dignidad humana. Finalmente se demostrará que si queremos conocernos a nosotros mismos lo suficiente como para encontrar sentido en el mundo, entonces nuestra experiencia con el “Otro” debe llevarse a cabo en condiciones recíprocas.
Si un dogma es una creencia injustificada que se autoproclama como infalible, no puede servir de fundamento en un mundo, donde lo único que no cambia es el cambio. Esta afirmación no pretende ser anarquista ni escéptica, por el contrario, si se pone en duda la confiabilidad del dogma como dador de sentido, no implica que se cuestione la existencia del sentido, de hecho, se asume la existencia y posibilidad del sentido.
Ahora bien, el sentido es aquello que con lo que podemos responder las preguntas: quién, por qué y para qué. Estas preguntas están sujetas a lugares y fechas, pues, salvo planteamientos metafísicos, no se piensan en términos absolutos. A diferencia del dogma, el sentido cambia con el mundo, para poder decir que hemos encontrado el sentido debemos ser capaces de dar razones de ello, entre las cuales no son del todo satisfactorias las que se basan en argumentos como “porque así se ha hecho siempre”, “para hacer lo contrario de lo que hacen los demás” o “sólo hay una forma correcta y válida para vivir”. El sentido no es algo dado una vez y para siempre.
El sentido debe construirse como un rompecabezas tridimensional, ya que no basta con poseer las piezas, debemos, además, saber el lugar que le corresponde a cada una para formar un todo coherente. Cada uno tiene piezas del rompecabezas, pero éstas no son suficientes, debemos, entonces, aventurarnos en el mundo y entrar en contacto con el “Otro”, para tener piezas significativas en nuestro rompecabezas y quizás alguna intuición de cómo armarlo.
Parece que esto es muy complicado, pues estamos hablando de “un llegar a ser que supone el haber recorrido sendas agrestes y también caminos más suaves de las llanuras y los valles” . Sin embargo, sólo si salimos del sedentarismo, podremos conocernos a nosotros mismos por completo. Y es cierto, no es sencillo, ya que el “Otro” es “un enigma, una incógnita, más aún: un misterio” , que debemos develar hasta descubrir al ser humano, que hemos llamado “Otro”, con quien podremos, entonces, intercambiar ideas e incluso establecer un diálogo enriquecedor para ambos . Este ensayo responderá a la búsqueda de sentido en función del grado de dificultad, sino en función del grado de completud y reciprocidad del proceso de búsqueda de sentido.
Conocer al “Otro” apela directamente a la voluntad humana, puesto que es más cómodo permanecer en lugares conocidos con gente conocida y que creemos igual a nosotros, pero enfrentar un lugar distinto, con costumbres nuevas para nosotros, donde perdemos poder de predictibilidad es todo un reto de adaptación y sobretodo de intelección. Una situación como la antes descrita cuestiona directamente nuestras creencias, “lo dado”, y nos muestra la diversidad del mundo. Abre nuestro panorama y nos permite ver que la forma en que vivimos es sólo una posibilidad entre tantas como seamos capaces de conocer. Si vemos el mundo de esa manera, “lo dado” pierde ese revestimiento dogmático de infalibilidad y exclusividad, entonces el sentido apoyado en él, no sólo debe ser cuestionado sino completado. Si antes nos conocíamos como seres inmersos en una comunidad homogénea, ahora debemos conocernos en tanto seres que interactúan en un mundo heterogéneo. Debemos preguntar quién, por qué y para qué.
Pero esta vez, no nos serán dadas las respuestas, ni podremos fabricarlas ad hoc, debemos “arrancarnos de las ataduras del egoísmo y la indiferencia, guardarnos de la tentación de separarnos, de aislarnos, encerrarnos en nosotros mismos” , y conocer al otro mediante el diálogo entre iguales, asumiendo que la dignidad humana es un valor universal.
Si para conocernos necesitamos dialogar con el “Otro”, éste no puede ser un mero objeto de estudio o un ideal trazado en la imaginación, como lo es en “Nuestra Señora de Nequetejé” ,sino que tiene que ser asumido como un ser humano también. Sólo si reconocemos la dignidad humana de los “Otros” lograremos acercarnos de forma exitosa.
Ahora bien, debemos asumir y aceptar que nosotros también representamos una forma nueva de vivir para aquéllos que llamamos “Otros”, por lo que este término es intercambiable. Imaginemos que entre nosotros y los “Otros” hay un espejo en el que nos reflejamos. Esto resulta cómodo, pues sabemos bien que hay un límite entre ellos y nosotros. Ahora imaginemos que ese espejo es, en realidad, una puerta de cristal que puede abrirse desde ambos lados, eso nos obliga a interactuar con el “Otro”. Pero si la puerta se abre a ambos lados, cómo sabemos cuál es el lado de los “Otros” y cuál, el lado de los “Unos”. Caemos, entonces, en cuenta de que esas distinciones son intercambiables, es decir, son denominaciones deícticas, como locutor e interlocutor, tú y yo, o aquí y allá, cambian de acuerdo con el discurrir del diálogo.
El sentido del mundo es un enigma que la humanidad se ha planteado a sí misma y que por sí misma ha de descubrir. Sólo si nos acercamos y estamos dispuestos a que se nos acerquen, estaremos actuando de forma recíproca, y tendremos un diálogo entre personas, de no darse la reciprocidad, sólo seremos locos hablándole a un muñeco de cera que creemos poseedor de los misterios del mundo.
Saber actuar en el mundo no es algo místico como un oráculo. Saber actuar en el mundo es conocernos a nosotros mismos. Conocer a otro ser humano y reconocerlo con dignidad humana es necesario para completar nuestro propio autoconocimiento. No podemos conocer por completo al mundo, pero si a nosotros mismos. Entonces, podemos responder quién, por qué y para qué.
Hablando del Otro, un tercer otro dijo que esto era poético
Si bien hemos reconocido la heterogeneidad del mundo, nos hemos negado a reconocer la heterogeneidad del individuo. Tememos confundirnos con el “Otro”, aquél óptimo o pésimo. Pero, al vernos en sus ojos, sabemos que somos el “Otro” de ese “Otro”. Somos la realidad del “Otro”; el “Uno” es una fantasía.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)