domingo, 15 de septiembre de 2024

El ChatGPT tiene permiso

 


Mutatis mutandis




Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.

Viktor Frankl




Si te atreves a enseñar, no dejes de aprender.


John Cotton Dana






Mi corazón agitado me retumba en los oídos, en este instante en que me siento a transcribir fielmente los apuntes que tomé durante la asamblea de estudiantes y profesores que tuvo lugar hace unos días. La emoción contenida fluye con cada golpe de tecla. Mi cuaderno de notas contiene los pormenores de un diálogo abierto, cuyo título me atrevo a adelantar: El ChatGPT tiene permiso. Mi entusiasmo por indagar en la mente de los estudiantes y profesores me motiva a seguir en esta ardua tarea ordenar y



volver legible la experiencia de aprendizaje colectivo de la que tuve la fortuna de atestiguar.

Sobre el estrado los profesores conversan, ríen. Se saludan unos a otros con muestras de camaradería. Bromean, sobre quién guisó para la celebración del quincuagésimo aniversario del colegio. Paulatinamente su atención se enfoca en la audiencia. Dejan de remembrar los últimos festejos, las anécdotas de los profesores con más antigüedad en el plantel, la trayectoria de los egresados exitosos que han pisado las aulas, los inicios de la escuela entre terregales y sin transporte público. Su mente y su charla regresa al presente, sus ojos se pasean por el amplio auditorio. Platican ahora sobre los estudiantes del turno matutino y vespertino, jóvenes reunidos que han solicitado la una asamblea, y están allí frente a ellos esperando y platicando también.

—Sí, debemos educarlos, formar hombres y mujeres de bien que sirvan con honor a la sociedad, personas productivas, eficientes y eficaces, congruentes con los valores más prístinos del ser humano. En fin, como decía mi abuelo en paz descanse, maestro rural por 45 años, la letra con sangre entra.

—Es usted un idealista decimonónico, profesor. Además, ignora usted los planteamientos de la Nueva Escuela Mexicana, los adelantos tecnológicos con sus las pedagogías emergentes, los tratados internacionales en materia de derechos humanos.

—No me haga reír. Todo eso no es más que la misma gata revolcada, para tener derechos, primero hay que cumplir con las obligaciones. Estos




párvulos son unos incivilizados, absorbidos por su contexto, son casi ineducables. De nada ha servido darles becas ni obligarlos a estudiar el bachillerato.

—Es usted un nihilista, un derrotista, compañero. La responsabilidad recae sobre nosotros, les impartimos clases expositivas, aplicamos exámenes memorísticos, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos con nuestra cátedra.

¿Y la educación integral, el desarrollo de habilidades, la interiorización de valores para una cultura de la paz, ¿van a inventar ellos todo eso?

La directora, mientras bebe agua, juega con una pluma y abre el block de notas que suele llevar a las reuniones de trabajo. Observa tras de sus lentes, inmune a la cháchara de los profesores. El ruido y las carcajadas de los estudiantes le recuerdan sus tiempos de rebeldía. Ella también fue joven y estudiante. Pero hace mucho tiempo. Ahora, de aquello, su posición la ha alejado del activismo, al menos por un tiempo, solo le queda la voz fuerte y la carcajada franca.

Los jóvenes comienzan a sentarse con seriedad, con timidez de quién no acostumbra a hablar en público frente a compañeros y profesores: ser oradores, expresar de frente sus inconformidades. Murmuran, hablan sobre los proyectos, los exámenes, las tareas. Muchos llevan una mochila al hombro, dentro, teléfonos en la mano para combatir el aburrimiento. Algunos hacen scrolling pausadamente sin pensar como si hubieran nacido con los dispositivos en la mano.

Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho hacen una tranquila guardia.



La directora toma la palabra y el eco de su voz diluye los murmullos. Primero empiezan los profesores. Hablan de los problemas de conducta, la apatía y el desinterés de los estudiantes, sus malas maneras, la necesidad de apuntalar la disciplina con mano dura. Prometen mejorar los índices de aprobación y permanencia.

-Escúchenos, comprenderán mejor la enseñanza que impartimos.


Se pone de pie uno de los profesores. Toma la palabra el profesor Severo. Todos enmudecen ante su solemnidad. Carraspea.

-Jóvenes ilustres, me permito conminarlos a acatar la forma de trabajo de cada profesor. Si los dicentes les solicitan trabajos escritos de su puño y letra, es para evitar el plagio de información, de manera que ustedes tengan una educación como en tiempo de la escuela tradicional que nos formó para ser gente de bien.

Los invitan a plantear sus necesidades.


  • Queremos lo mejor para ustedes, pueden confiar en nosotros.


Ahora es el turno de los estudiantes. La directora los invita a expresar sus inquietudes. Una mano se alza tímida. Otras la siguen, tras un intercambio rápido de miradas. Van hablando de -sus cosas: los verbos de inglés, los prefectos, la limpieza de la explanada, las calificaciones, los profesores. Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse. Se quitan la gorra, se acicalan el cabello, miran hacia arriba para buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún lugar. En los ojos de otros jóvenes o en los rostros de los profesores, donde cuelga una pintura abstracta, como los pensamientos de quienes callan.



Allí al fondo, hay varios estudiantes reunidos, parece que son del mismo grupo, algo pasa, es grave, se debaten por ver quien alzará la voz.

  • Vas Rubén, tú eres el que siempre participa en clase.


  • Mejor, Diego, el capitán del equipo de fútbol.


No hay consenso. Rubén y Diego se miran interrogantes. Una joven, quizás, la presidenta de la sociedad de alumnos, toma la palabra.

  • Pues que le toqué a Dante. Dante espera en silencio.


  • Ándale, te hablan… Levanta la mano.


Dante levanta la mano con la decisión ausente en la mirada. Otros jóvenes más adelante alzan la mano. Son más insistentes. Dante mira hacia su grupo. Elena salta y grita mientras alza la mano en lo alto del cabello teñido de colores que llena el auditorio. La mano develada a la directora y la palabra es concedida.

El alboroto cesa, cuando Dante se pone de pie. Se aclara la garganta, busca un lugar para su mochila, se convierte en una pesada carga que lo encorva comprimiendo sus pulmones. Encuentra un lugar para ella en la butaca. En el presídium hay miradas expectantes.

  • A ver qué pasó, joven que pidió la mano tan insistentemente.


Dante pone sus ojos en la directora, que se haya al centro de la mesa. Se dirige a ella directamente como si el auditorio estuviera vacío, parece que el resto de los asistentes han dejado de existir para que ellos dos hablen en el auditorio.

  • Quiero hablar en nombre del grupo 670 del turno matutino. Queremos plantear una queja contra el profesor de Lenguaje. Primero, en su clase no hay permisos para usar el teléfono, que porque nos distraemos con las redes sociales. Le quitó los teléfonos a Carmen y a Rosario. Fuimos con la jefa de materia y citó a nuestros papás. Pues de nada sirvió que viniera hasta la abuelita de Rosario, de nada sirvieron súplicas, ruegos o explicaciones de importancia de recibir o enviar mensajes exclusivamente de familiares. Los dispositivos los entregó solo cuando firmamos una carta compromiso de no utilizarlos dentro del plantel.

Dante habla tranquilo, como si estuviera presentando una exposición oral que ha ensayado y repetido hasta el cansancio, hasta que las emociones se aceptaron y se desgastaron como piedras de río.

  • Y ahora, para colmo nos trae de encargo, por quejumbrosos. Que parecía que nosotros le habíamos hecho algo, cuando siempre lo hemos respetado. Nos puso a hacer planas y planas de “no debo usar la tecnología para hacer mi tarea”, que si no las entregábamos al siguiente día nos iba a bajar puntos. No le importó que llevamos otras materias, o que los otros maestros nos pidan llevar datos para hacer tareas de investigación. No bastando con ello, nos cambió los porcentajes de evaluación a 100% examen, sin avisarnos, y nos reprobó en el primer parcial.

Las palabras de Dante fluyen como la lluvia, que cae fuera del auditorio, no hay pausas, parece que estuviera escribiendo una de sus planas, como si hubiera escrito mil veces el discurso que ahora pronuncia.



Luego, lo de mi ensayo, quise plasmar el descontento del grupo y mi ensayo acabó en la basura que porque lo había impreso y el profesor quería todas las tareas hechas a mano para evitar el plagio y el copy paste.

Dante abre más los ojos como conteniendo el sentimiento que acompaña al recuerdo anidado en su mente como el discurso emitido en nombre de todo el grupo. Sigue mirando insistentemente a la directora que se encuentra al centro del presídium.

Luego lo de los dictados, como no le gusta la tecnología no usa la plataforma educativa para compartir materiales o recursos, entonces, el profesor comienza a dictar desde el pasillo y no explica ni aclara dudas. Le hemos pedido actividades más dinámicas o materiales innovadores. Ni siquiera quiso escucharnos, por poco y nos baja puntos.

Un codo llama la atención de Dante. Uno de sus compañeros le comenta algo. La voz solista de Dante envuelve la atmósfera del auditorio.

—Por si fuera poco, lo de los apuntes dictados, está lo del viernes, que como nos toca en la sala de informática y a manera de castigo, nos puso a pasar en limpio todos los apuntes, al fin que nos gusta la tecnología, nos recriminó. Y que se alborota todo el grupo, se salieron del salón, pese a las amenazas de ser reprobados. Como no nos puede reprobar a todos, nos mandó decir que quiere un trabajo de investigación de 20 cuartillas a mano, para pasar o nos pone cero.

La voz de Dante cobra seguridad y vibra con una decisión pocas veces oída en un joven que se presenta ante un auditorio.



—Pues como el profesor no quiere hablar con nosotros. La jefa de materia nos remite con usted, así que solicitamos su autorización para prepararnos para el examen utilizando la tecnología del ChatGPT.

Todos contuvieron la respiración en un silencio expectante, miraban al presídium con una mirada interrogante, querían una respuesta.

—Bien jóvenes, este presídium discutirá la petición.


—Es inadmisible, no podemos permitir que se deshumanice la educación, los profesores son el corazón de la educación.

—No, compañero, no es ninguna ocurrencia o moda de jóvenes. La tecnología es el presente y el futuro de los estudiantes, tanto en el ámbito escolar, comunitario y laboral. Se trata de una herramienta que fortalece el autoaprendizaje y el aprendizaje permanente.

—Pero somos una institución educativa, no podemos admitir que plagien contenido de internet a través de la inteligencia artificial.

—El copy paste es una práctica injustificable.


—¿Y qué peores prácticas de enseñanza han presenciado los jóvenes? Si a nosotros nos educaron de esa forma, nada nos impide actualizarnos e innovar en la práctica docente para mantenernos a la vanguardia de los cambios sociales. Es una responsabilidad y un compromiso con las nuevas generaciones. Solicito que se ponga a votación la solicitud de los estudiantes.

—Concuerdo con usted, compañero.

Ahora interviene la directora, es doctora en educación e innovación educativa, su decisión es inapelable.

—Será la asamblea la que decida.


Se dirige a los estudiantes en el auditorio, su voz es grave y sonora, como cuando era estudiante.

—Se somete a votación la propuesta del grupo 670. Los que estén de acuerdo en que se les dé el permiso de usar ChatGPT para tutorizar su aprendizaje que levanten la mano...

Las manos se extienden en lo alto, no falta ninguna, es un bosque de aprobación en donde crecerá la innovación educativa.

—La asamblea otorga el permiso solicitado por los estudiantes del grupo 670.

Dante permanece de pie, su voz segura y tranquila continua con el discurso.

—Pues como nadie nos hacía caso. El fin de semana estudiamos con ChatGPT como herramienta de estudio mediante ejercicios, flash cards y tutorías virtuales. Ayer en la mañana presentamos y aprobamos el examen del profesor Severo y hasta nos felicitó por nuestros resultados.



Referencias

Kierkegaard, S. (2000). El diario de un seductor.


http://www.seminariodefilosofiadelderecho.com/Biblioteca/K/seduct


or.pdf


Lazos Ruíz, a. E. (2024). Reflexiones sobre el uso de ChatGPT en la educación. http://blog.enesmerida.unam.mx/reflexiones-sobre-el- uso-de-chatgpt-en-la-educacion/

Valadés,        E.         (2019).         La         muerte         tiene         permiso.


https://ia803204.us.archive.org/15/items/la-muerte-tiene-permiso-


de-edmundo-valades/LA%20MUERTE%20TIENE%20PERMISO%20de


%20Edmundo%20Valad%C3%A9s.pdf


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